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	<title><![CDATA[Krodhedharma Mandalam: Cuando lo que Dios &quot;nos hace&quot; no tiene sentido...}]]></title>
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	<pubDate>Fri, 18 Sep 2026 18:16:43 -0400</pubDate>
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	<title><![CDATA[Cuando lo que Dios &quot;nos hace&quot; no tiene sentido...]]></title>
	<description><![CDATA[<p>Gran parte de la vida espiritual trata sobre cómo lidiar con las terribles cosas que pasan en el mundo sin perder la fe, sin sentir que hemos sido estafados por las promesas de Dios. En este punto me parece que es necesario que revisemos bien cuál es la situación para no llenarnos de odio y resentimiento, ni tener que recurrir pasivamente a esos clichés tan absurdos como gastados que solo muestran una resignación amarga: «tenemos que aceptar la voluntad de Dios», «Dios sabe cómo hace las cosas», o «Dios escribe recto en renglones torcidos», ustedes me entienden. No se trata de si la voluntad de Dios deba o no ser aceptada, sino de que la aceptación implica comprensión; si aceptas la voluntad de Dios sin comprenderla, no la aceptas, tan solo la sufres, la padeces.</p><p>Voy a plantearte una reflexión sobre esto centrándome en dos puntos, ninguno de los cuales puede ser atribuido a Dios, pero de los que se le culpa constantemente de forma solapada: primero, la hegemonía del materialismo y el cuerpo como horizonte de sentido; y segundo, la asunción de que la realidad debe ajustarse a la moralidad humana. Trata de leerlo sin reacciones morales y sin prejuicios; ya al final puedes juzgar lo que quieras.</p><h3>La hegemonía del materialismo y el cuerpo como horizonte de sentido:</h3><p>Una rápida revisión de nuestra forma de vivir y entender el mundo revela que incluso el ámbito espiritual está irremediablemente teñido de materialismo. En efecto, hay personas que creen que el materialismo se trata solo de la codicia, la avaricia y la lujuria; sin embargo, una de las consecuencias más claras y menos discutidas es el hecho de que, debido a este, nuestro aspecto material —es decir, nuestro cuerpo— se convierte en el horizonte de sentido de nuestra existencia: con el cuerpo todo, sin el cuerpo nada. Mientras que los antiguos cristianos, ascetas y yoguis torturaban el cuerpo para someter a la débil carne y establecer el dominio del espíritu sobre la vida, el materialismo nos ha enseñado que el sentido de la vida es mimar al cuerpo, y que el espíritu debe diluirse en nuestro estilo de vida, reflejándose solo en nuestros tatuajes en chino, hebreo o sánscrito, en nuestra rutina de 10 minutos de mindfulness en las mañanas, o en la sesión de Hot Yoga en el gym los jueves por la tarde después de hacer cardio. Todo queda reducido a un tema de conversación, un subreddit que nos gusta, o simplemente un hashtag en Instagram: #SoyEspiritual. &nbsp;</p><p>Los mártires cristianos sufrieron estoicamente su martirio por cosas que hoy en día nos parecerían estupideces por las que nadie en su sano juicio se dejaría matar —véase por ejemplo el martirio de San Tarcisio—, abrazando su muerte con el gozo del que sabe que se deslastra de los pesares de una envoltura carnal que opaca su luz; el mismo gozo que llevó a Santa Teresa de Jesús a escribir:</p><p style="text-align:center;"><i><strong>Vivo sin vivir en mí</strong></i><br /><i><strong>y tan alta vida espero</strong></i><br /><i><strong>que muero porque no muero.</strong></i></p><p>Por nuestra parte, nosotros nos aferramos a cada segundo de vida que podamos tener, arañando instantes desesperadamente, sin importar los medios o las consecuencias que esto pudiera tener para otros. Nuestro cuerpo no solo es nuestro yo, sino que es el ancla al que volvemos cuando algo nos amenaza; enarbolamos nuestras ideologías, valores y moral, pero si el cuerpo está amenazado, ¿quién tiene tiempo para ideologías, valores o moral? «Instinto de supervivencia» le decimos; más vale decir «aquí corrió que aquí murió». El cuerpo es nuestro horizonte de sentido y por ello es el principio y el fin de nuestra existencia. Por esto es completamente lógico que la muerte se convierta en el lugar donde se traza la línea de lo que es aceptable.</p><p>Esto explica también por qué el daño es tolerado medianamente siempre y cuando nadie muera; si alguien muere, ya no es aceptable. Dos personas pueden agredirse constantemente por años y la sociedad lo tolera, hasta que uno muere a manos del otro; ahí ya la cosa no es broma, es algo serio. En realidad, siempre fue serio, pero la seriedad no había cruzado la línea que consideramos un tabú. Por eso Jesús el Cristo enseñaba que el último enemigo a vencer era la muerte, y precisamente por eso tuvo que morir: para demostrar que hay vida después de la muerte, y que Dios es Dios de vivos y no de muertos. &nbsp;</p><p>Disculpen si me repito, pero quiero verdaderamente hacer énfasis en esto: incluso las personas que se declaran a sí mismas muy espirituales o religiosas tienen dificultades para confiar verdaderamente en que existe vida más allá de la muerte física. Esto es producto, por un lado, de la presión materialista, del cientificismo y el laicismo de las sociedades actuales, que parecen aceptar la vida en el cielo como una bonita alegoría para tener algo agradable que decir en los funerales. Eso sí, se trata de un mero formalismo, una expresión diplomática, un consuelo o mentira piadosa, no muy diferente de cuando se le dice a un niño que el ratoncito Pérez le traerá una moneda como consuelo por el dolor de la pérdida de su diente. Mas si alguien osa creer seriamente que la muerte no es un final sino una transición, y realmente lo cree, se hace acreedor de la sorna social y de ser tildado de ignorante supersticioso. Sospecho también que algo tienen que ver en esta situación las iglesias y movimientos espirituales que tienen gran cuidado y tibieza al hablar de la realidad extracorpórea, porque eso podría inducir la idea de que no están cuerdos o simplemente no son serios.&nbsp;</p><p>La iglesia cristiana desde sus inicios usaba la muerte y lo que pasaría después como forma de ejercer control sobre las personas, diciéndoles: «Debes ser seguidor de esta doctrina que te vendo (que es la única verdadera, por cierto) porque si mueres sin ser parte del club o no has seguido nuestras reglas, lamentablemente te quedarás para siempre en el infierno donde te aplicarán torturas corporales; sin embargo, si te ganas nuestro favor, serás eternamente feliz viviendo una vida corporal eterna y perfecta en un mundo maravilloso». Observa que si se introduce la sencilla idea de que el alma es inmortal —por lo cual, si se le acaba la vida al cuerpo, el alma puede volver a tomar carne como ya lo hizo una vez, reencarnando tantas veces como lo necesite para su evolución por la misericordia de Dios—, todo este chiringuito escatológico se cae sin remedio.</p><p>El materialismo laico hace algo parecido: la muerte es el fin, después de ella no hay nada, por lo tanto, la única vida es esta, y como solo hay una vida tienes que atiborrarte de todas las experiencias posibles porque, ya sabes, la vida es una sola; debes experimentarlo todo, rápido, que se te acaba la vida, corre, no te detengas a descansar. Afortunadamente, aquí está el mercado para proveerte de todas las experiencias que quieras si tan solo tienes cómo pagarlas. ¿Ah, no tienes cómo pagarlas? Pues trabaja, emprende, logra tus metas, vuélvete una persona productiva, alguien de alto valor, tienes que ser del 1% que está en el top, levántate a las 5:00 a.m. y tómate tu jugo verde, ve, apúrate, se te va a hacer tarde para la reunión por Zoom. Luego la gente se pregunta por qué el estrés es la gran pandemia del siglo.&nbsp;</p><p>Sin embargo, toda esta locura tiene solución: cuando uno introduce en este panorama la premisa de la inmortalidad del alma, o al menos su continuidad, incluso el drama más terrible se ve con otros ojos.&nbsp;</p><p>Por eso dice el Señor Krishna en el Gita:</p><blockquote><p>El alma nunca nace, ni muere jamás; ni surge con la creación del cuerpo ni deja de existir jamás. Es innato, eterno, inmortal y atemporal. El alma no puede ser destruida, incluso si el cuerpo es asesinado. (BG 2:20)<br /><br />Así como la gente se deshace de la ropa vieja tras usarla y se pone nueva, de manera similar, el alma abandona el cuerpo viejo y enfermo y entra en un cuerpo nuevo. (BG 2:22)</p></blockquote><p>Esto no es cosa solo de una filosofía oriental ajena; en el Génesis se dice que Dios expulsó a los humanos del Edén (estado espiritual puro) y para cubrir su desnudez (no-forma) les hizo unas ropas de pieles (cuerpos físicos). Nos hemos aferrado a nuestras ropas de pieles y hemos creído en dos visiones erróneas fundamentales:</p><ol><li>Que somos nuestras ropas de piel.</li><li>Que esta es la única ropa de piel que el Señor nos ha provisto o nos proveerá.&nbsp;</li></ol><p>Si por nuestro uso u otros factores propios de la realidad física la ropa de pieles se daña, Él nos desnuda, nos baña, nos purifica y nos da una nueva ropa de piel, adecuada a nuestras necesidades y a nuestras tendencias.</p><p>Y antes de seguir tengo que aclarar algo que me parece importante: no estoy negando el sufrimiento humano y no estoy negando lo terriblemente dolorosa que es la muerte de un ser amado, sobre todo cuando resulta inesperada, cruel, agónica o incluso absurda. No niego lo duro que es elaborar un duelo, dejar ir todos los planes futuros y arreglárselas para seguir adelante sin esa persona. Tampoco niego la importancia de cuidar el cuerpo, ni su inmenso valor como escenario donde ocurren los más grandes aprendizajes y experiencias de la vida humana. Demás está decir que no aconsejo prácticas de mortificación o ascetismo, ni el comportamiento temerario, ni el suicidio, ni la autolesión, ni la eutanasia, ni el aborto, ni ninguna de estas cosas que son también, en última instancia, expresiones extremas del materialismo laico o religioso. Solo afirmo que la muerte es parte de la vida, nos guste o no, y que hay algo esencial en nosotros que sobrevive a la muerte, algo que algunos grandes intereses políticos, económicos y religiosos del mundo tratan de soslayar.&nbsp;</p><h3>La asunción de que la realidad debe ajustarse a la moralidad humana</h3><p>Dios ha establecido leyes y principios; con estas leyes y principios crea, sostiene y disuelve los mundos junto con todo lo que hay en ellos, pero la ley de Dios no es la ley humana, ni tampoco se parece a la moral humana. A pesar de que esto resulta claro para cualquiera, seguimos cuestionando a Dios sobre por qué a los buenos les va mal y a los malos les va bien. Por qué enfermó tan gravemente aquel que era tan buena persona, y al criminal no le da ni gripe. Por qué mueren los jóvenes buenos, mientras que ancianos perversos siguen campantes.</p><p>La respuesta es tan sencilla como dolorosa para nuestro ego infantil: porque la vida y la muerte no se relacionan con ser bueno ni malo. La vida, la realidad y el devenir no tienen implicaciones morales ni prerrogativas éticas.</p><p>Muchos dicen que Dios los engañó porque se portan bien y son pobres, mientras que sus conocidos corruptos hacen mucho dinero con mucha facilidad. Lastimosamente, ningún Dios, ni siquiera el que dices que te engañó, en ningún momento te prometió que serías rico o sano si obedecías a un conjunto de reglas de convivencia humana transmitidas culturalmente. ¿Te engañó tu iglesia?, puede ser; ¿te engañó el imaginario popular?, es más que probable; pero no lo hizo Dios. Incluso las normas o mandamientos que los humanos atribuyen a Dios son evidentemente normas de convivencia que tienen sentido en un contexto histórico y cultural muy específico. Esta clase de normas, escritas o no, existen en todas las culturas, pero son eso: normas de convivencia, no escudos protectores contra las aristas dolorosas de la realidad.</p><p>La posición de Dios en todos los sistemas religiosos y espirituales es más o menos la misma: su voluntad es soberana, y nadie puede manipularlo sin importar cuánto ore, cuánto ayune, o cuántas ofrendas dé. Él es intrínsecamente bueno, y no es deber suyo bajar al nivel en el que nos pueda dar las explicaciones que le pedimos, sino que nosotros podamos subir al nivel de comprensión de por qué su voluntad es perfecta. Con esta comprensión, el aceptar es más profundo, aunque no deja de ser doloroso.</p><p>Y sí, para cerrar con la muerte, que es la línea donde el sentido de nuestra vida colapsa: imagina qué pasaría si nunca pudieras quitarte la ropa de piel, sin importar que esté rota, deshilachada, arrugada, vieja, transparentada, sin importar si te aprieta, si te estrangula, si te hace daño, si te molesta, si te impide moverte… atrapado, encarcelado, limitado por ella…&nbsp;</p><p>El que Dios nos tome de la mano y nos diga: «Ven hijo, hija, mira cómo te pusiste, quítate esa ropa dañada, que Yo, tu padre que te ama, te voy a dar una nueva vestidura de piel para que regreses al patio de la escuela a jugar con tus compañeros», ¿no es un acto de infinita misericordia? Máxime cuando está en él implícita la promesa de que, en alguna de esas ocasiones, cuando estés maduro ya, te dirá: «Ven hijo, hija, quítate esa ropa dañada, que Yo, tu padre que te ama, te voy a dar una nueva vestidura, esta vez de luz pura. Te graduaste y ya no tienes que regresar a la escuela a menos que quieras ir como maestro a enseñar a otros; ahora puedes permanecer conmigo aprendiendo de mí y ayudándome a evolucionar el universo entero». Esta es la promesa de la Ascensión que está implícita en la reencarnación y es, a final de cuentas, el más alto principio de la Misericordia del Creador.&nbsp;</p><p>Que Dios los bendiga con luz, amor y fuego.</p><p style="text-align:center;">Khail</p>]]></description>
	<dc:creator>Khaishvara Satyam</dc:creator>		</item>
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